Brevemías de Frida I. DOLOR


Desperté flotando
En un lago púrpura
Muerte de mi trascendencia.

Tú, dolor fiel.
Eterno compañero
De todas mis dimensiones.

(Física
Alma
Engaño
Muerte).

No sería madre.
ETERNAMENTE.

Anna Donner Rybak ©2010

Brevemías de Frida II MODO SUBJUNTIVO (PRETÉRITO PLUSCUAMPERFECTO)


Si aquel día
No hubiese tomado
Ese tranvía
Todo había sido diferente.

No puedo, Ray (*)
Ir a buscar la mariposa
Eso sería
Una utopía.

El Pasado
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Sólo ver.

Si aquel día
No hubiese tomado
Ese tranvía
Todo había sido diferente.

Te habrías casado conmigo,
Alejandro,(*)
Y no te hubieras ido a París,
Yo comprendo.

Como no te casaste conmigo,
Alejandro, (*)
Y te fuiste a París,
Yo conocí a Diego.

(*)Alejandro Gómez Arias, su amor de juventud
(*)Ray Bradbury

Anna Donner Rybak ©2010

La Era de la Ingenuidad.


I.

La profesora hablaba mientras yo llenaba de corazones las páginas de mis cuadernos.

Obviamente, con el nombre del amor ensoñado de turno.
Eran tiempos de volares, no teníamos preocupaciones mundanas, como calcular el precio del litro de leche, o apresurarnos para rendir en el empleo.
En la Era de la Ingenuidad teníamos todo el tiempo del mundo.
La única “responsabilidad” era estudiar para los escritos, y yo lo hacía más o menos, es que era inteligente, y aplicaba la “Ley del Mínimo Esfuerzo”.
Esto me dejaba todo el tiempo del mundo para soñar con castillos y príncipes encantados.
Mirábamos el cielo desde la azotea de la casa de mi mejor amiga, y un porvenir virgen nos aguardaba.
Filosofábamos acerca de nuestro futuro, pero sin la angustia existencial que trae la madurez, sino que lo concebíamos ensoñado con la ingenuidad de la etapa que atravesábamos.
Por supuesto que creíamos que el “Ser Feliz” era reductible a tener El Novio, luego casarse, tener hijos, y comer perdices.

II.
A pesar de crecer entre cuentos de hadas fui la menos ingenua de mi grupo de amigas.
Ya vaticinaba entonces, que era más lindo probar varios príncipes antes de elegir al definitivo.
Lo cierto es que tuve unos cuantos novios.
Claro que en esa época no se decía “Amigo con derecho a roce”, ni “Amigovio”.
Todo era formal, solemne.
O quizá eso era fruto de nuestra propia mojigatería.
Yo siempre tenía un abanico de posibilidades.
La Madre Naturaleza me había otorgado la Gracia de nacer Linda.
Quizá, pecaría de soberbia, pero debo de reconocer que yo era Linda pero de las más lindas.
Tenía varios atributos que las demás no.
En primer lugar, mis ojos celestes, en ese entonces miopes, pero guardados tras unas lentes de contacto de mucho aumento.
En segundo lugar pelo largo y rulos naturales, en tiempos donde se usaba “La Permanente”. Mientras todas mis amigas terminaban en el salón de belleza quemándose el pelo yo, venía enrulada de fábrica.
Otro de mis puntos fuertes eran mis labios, y sonrisa.
También mis facciones delicadas.
Todo eso hacía que cada vez que yo iba a un baile o a un grupo, todos querían ser mis amigos, con la secreta esperanza de convertirse en mis novios, pero cuando veían que no serían elegidos, desistían.
Yo disfrutaba de esa especie de sitial de honor.

III.
Yo ya iba por el segundo o tercer novio, y ya me había dado el lujo de dejar a quien mucho me amaba junto con sus planes de nuestro futuro casamiento.
Era la época de ingreso a la universidad, época de muchos cambios, veranos completos estudiando a Le Corbusier, Frank Lloyd Right, Fresnedo, Villamajó, Cravoto.
Mi madre nos traía café con crema, una excentricidad que nos ayudaba a pasar jornadas de diez horas con mi compañera de estudios.
Ese fue mi primer año de “soltería” luego de mi noviazgo formal, que había durado un año y medio.
Yo quería disfrutar de la vida.

IV.
Un día fuimos con otras amigas a un baile en el Templo de la calle Buenos Aires. A estas alturas, yo ya había concurrido a varios eventos similares. Y siempre rechazaba a los infortunados que me pedían para bailar.
Porque en esas épocas lejanas, una mujer no salía a bailar si no era invitada por un hombre.
Las había que no podían pisar la pista de baile en toda la noche por culpa de esos desgraciados, era un método muy injusto.
Claro que yo estaba exenta de esos avatares, dado que pertenecía a la casta de “Las Lindas”.
Esa noche ya me la imaginaba espantando pesados, porque estos hombres a veces insistían, y se ponían bien pesados cuando de repente se hizo silencio.
Alguien cantaba en el escenario.
Ya en esas eras pretéritas yo tenía cierta predilección por los espíritus artísticos, podían ser músicos, poetas o cantantes, ese era mi “target”.
El cantante (Jazán) no estaba mal. No era muy alto, era morocho, y dueño de una voz seductoramente grave.
Entonces me dije que con ese hombre podría hacer una excepción y aceptarle una invitación a bailar, en caso de que sucediese.

V.
La actuación terminó y el Jazán se acercó a nuestro grupo. Yo, que no me caracterizaba precisamente por mis dotes de simpatía, hice un esfuerzo, y cuando nos habló, participé de la conversación.
Como yo ya había vaticinado, me invitó a bailar, a lo cual respondí “SI”.
Era mi primer novio artista, supongo que eso le dio un toque de Divina Gracia a él.
Comenzamos a salir, y nos pusimos de novios.
Yo vivía mi primer enamoramiento de los muchos más que sucederían en mi vida.
El primer enamoramiento me tenía en las nubes.
Soñaba despierta.
Pensaba en él todo el tiempo.
Íbamos a reuniones de grupo.
El me cortejaba.
Por supuesto, hubo presentación a mis padres.
Era la primera vez que me enamoraba así, poniendo los ojos bobos.
Iba a la facultad y lo veía en el patio, en los talleres, en las clases.
Era feliz.

VI.
Llevábamos algo más de mes y medio de noviazgo cuando un día el Jazán me dijo que teníamos que hablar.
Si yo hubiese prestado atención, habría percibido su ceño fruncido.
Pero lo cierto es que estaba presa de tal embelesamiento e ingenuidad, que no presentí la tragedia que se venía.
Nos sentamos en un café, y entonces, vino la bomba. Peor que la de Hiroshima, peor que la de Nagasaki.
-Ahora que Esther dejó con Elías, me voy a arreglar con ella- fue todo lo que dijo.
-Como ella estaba con Elías, yo no tenía esperanzas, pero ahora, vamos a empezar algo juntos. – culminó su discurso.
Así lo dijo.
Con total desparpajo.
Sin movérsele un pelo.
Yo quedé estupefacta.
¡Había jugado conmigo!
¿Y para qué se había molestado en ser tan formal entonces?
Si yo hubiera sido una transa, todavía. Pero el Jazán se había mostrado orgulloso conmigo, me había presentado a sus amigos, había ido a conocer a mis padres.

VII.
Pasaban los días y yo permanecía incrédula ante lo sucedido.
Era tan inentendible la actitud del Jazán.
Yo no tenía ganas de reír, ni de salir.
Necesitaba que alguien me explicara lo sucedido, puesto que en mi lógico razonamiento, no cerraba el que si yo hubiese sido una transa para el Jazán, se hubiera tomado la molestia de cortejarme, de conocer a mi familia.
Es más, nunca llegamos a tener sexo.
Esta vez me había tocado a mí, ser la abandonada. (Es que a todos nos toca, tarde o temprano.)
Pero lo que me desvelaba era su comportamiento tan extraño.
Como espíritu lógico que soy, esto no me cerraba por ningún lado.
En esos días, el Sheliaj (líder) del grupo y su mejor amigo, me había ofrecido varias veces conversar conmigo para consolarme. Yo no me decidía, pero una tarde me dije que no tenía nada que perder y el Sheliaj me invitó a su casa.

VIII.
Eran las dos de la tarde, cuando toqué timbre en su departamento. No era la primera vez que iba allí, con mis amigas habíamos concurrido en otra oportunidad, así que estaba totalmente tranquila. Además, el Sheliaj estaba casado.
Él era gordo, y feo, además como todos los sabras, no usaba antisudoral, sin embargo estaba casado con una mujer hermosa, una rubia de pelo lacio y ojos claros. Nosotras no entendíamos qué le habría visto esa mujer al Sheliaj, pero una vez más se cumplía la premisa: el amor es ciego y sordo.
El Sheliaj me abrió y me invitó a pasar. Al preguntarle por su esposa, me dijo que ella había salido.
El Sheliaj empezó la conversación, diciéndome cuánto comprendía mi sufrimiento, que a mí se me había visto muy enamorada del Jazán.
Pero no era eso lo que yo quería oír.
Quería una razón de peso que me justificara su nefasto comportamiento.
El Sheliaj me dijo que no tenía la menor idea.
De repente una pregunta de su parte me sorprendió:
-¿Querés que te ayude a recuperarlo?

IX.
Supongo que mi estado de abombamiento no me permitió evaluar con lucidez esa pregunta. Lo cierto es que, impropio de mí, le di la tonta respuesta de “Sí”.
-Bueno- dijo el Sheliaj- para que yo te pueda ayudar a recuperar al Jazán tengo que saber cómo lo besabas.
Entonces, en ese momento, a pesar de mi letargo, caí en la cuenta de que algo no estaba bien.
-¿Cómo?- le dije.
-Sí- dijo el Sheliaj- para que yo te pueda ayudar tengo que saber cómo lo besabas.
-No te entiendo- respondí.
Entonces, cuando quise acordar, tenía próximo a mí, ese cuerpo oloroso, ese rostro que de pronto se había transformado en un monstruo, ese aliento putrefacto.
El Sheliaj había acercado su cara a la mía.
-¡Pará!- le dije. -¿Qué hacés?
-Si querés que te ayude- me dijo el Sheliaj – me tenés que besar a mí, para que yo sepa cómo besabas al Jazán. Si no me besás, no te voy a poder ayudar.
Dentro de mi estúpida ingenuidad, me daba cuenta qué estaba ocurriendo. Ese sabra inmundo se quería abusar de mí, ¿qué creía? ¿subestimaba mi inteligencia?
-Me voy ya mismo – le dije.
Aún se atrevió e insistió una vez más.
-Es sólo un beso- dijo.
Esa frase me dio asco.
¿Y si no me dejaba salir?
¿Y si trancaba la puerta?
Agarré mis cosas, y salí, por suerte el Sheliaj no cerró la puerta, y ya en la calle, me alejé corriendo del lugar.

X.
Ninguna de mis amigas me creyó. El Sheliaj era una alta autoridad en la Organización, y yo una ingenua tonta abandonada.
No tenía la más mínima posibilidad de que me creyeran a mí. El Sheliaj era una figura de mucho poder.
Yo tuve suerte porque me dejó salir.
¿Pero si no lo hubiera hecho?
¿Y si me hubiera violado?
¿Acaso alguien me habría creído?
¿A cuántas otras ingenuas abombadas sometería este crápula a diario?

XI.
Lo cierto es que ese ser vil y repugnante ascendió, Y sigue siendo más que líder de organizaciones.
Me pregunto ahora, luego de veinte años, cuántos más existen, execrables más como él, ocupando sitiales de poder, lo cual les otorga una impunidad absoluta.
Pero al menos, los años me dieron la respuesta que buscaba.
-El Jazán creyó que vos eras hija de los Cohen que tenían la fábrica de lencería.
En la actualidad, el Jazán se fugó a Panamá, dejando a Esther con dos hijos. Esther es hija de los Perelmann de la fábrica textil.
De más está decir, la textil de los Perelmann quebró hace algunos años.
Anna Donner Rybak ©2010

La sobreviviente del bosque.


(Dedicado a la Memoria de los seis millones de muertos en los campos de exterminio durante el Holocausto)
I.

Ya es noche cerrada. Todo parece estar en calma. La música del viento moviendo las hojas de los árboles, algún grillo, algún vuelo nocturno. El bosque ahora, parece, está ausente de humanos.

No obstante, Rivka es muy desconfiada. Sabe perfectamente que en cualquier momento uno de ellos puede salir de su camuflaje con la fauna, y con la flora del bosque. Así que va esperar bastante tiempo más antes de hacer cualquier tipo de movimiento.

Rivka prosigue inmóvil en su sitio. Sus brazos, rodean su tesoro más preciado, y decide aprovechar esos momentos, para retener el último contacto. Grabar ese momento en la memoria. Trata de recordar su olor, su piel suavecita, y hace de cuenta de que esa piel todavía no está fría.

Han pasado dos horas más. En el bosque hace un frío glacial, Rivka está aterida. Evidentemente, hoy, ellos no volverán. Seguramente, estarán festejando las cifras en la cantina del pueblo cercano, con unas cuántas cervezas, y cantando el “Heil Hitler”.

Hace un ratito, nomás, unas seis horas, como todos los días, el Oberfurer VonMorsen, los había hecho formar fila, y había señalado quiénes a la derecha, y quiénes a la izquierda.

Al principio, Rivka moría de angustia, cada tarde, cuando VonMorsen, señalaba. Más adelante, se fue acostumbrando, era peor ponerse nervioso. Porque si lo notaban, ya ahí mismo era boleta.

El pequeño Joshua apretaba con su manito la mano de mamá. Joshua era muy pequeño. Rivka le había explicado, que VonMorsen repartía bolsas de caramelos, pero como los caramelos no le alcanzaban para todos, entonces, iba eligiendo.

Pero esa tarde, les dijeron “Izquierda”. – “¿El también?” Atinó a preguntar al soldado que esperaba impaciente se moviera. Sólo recibió un culatazo. Joshua rompió a llorar. El SS lo había asustado.

Una vez concluida la repartida de caramelos, indicaron a La Fila desplazamiento. Caminaron al menos una hora, hasta llegar a un claro del bosque. Les ordenaron pararse al borde de la fosa, que ya estaba preparada.

Fue todo muy rápido. Les habían hecho quitarse la ropa, y ¡Pum, pum,pum!. Así, fueron cayendo, uno tras otro. Los oficiales de las Waffen SS se paseaban y revisaban. Si alguien aún vivía, le volvían a disparar, a fin de cerciorarse que la misión fuera exitosa.

Rivka permanecía inmóvil, en medio de sus compañeros, que lentamente, comenzaban a enfriarse, al igual que el pequeño Joshua.

Hacía un esfuerzo sobrehumano para no realizar movimiento alguno, se cuidaba de cada gota de aire que respiraba, no sea cosa que las Waffen descubrieran el ardid.

Es así como Rivka yace en una fosa, en medio de los cadáveres de toda su gente, con su hijo muerto en sus brazos.

II.

Ha llegado el momento. Toca por última vez a su hijito adorado, que quedará para siempre en ese agujero negro, con su inocencia interrumpida, por monstruos salvajes. Rivka no se decide. No puede dejar de tocar a Joshua, ya con su pielcita fría, muy fría.

Rivka reaciona. Le quedan pocas horas, porque cuando se haga el día, deberá resguardarse para continuar la marcha la próxima noche.

Rivka se levanta de la fosa. Desnuda, famélica, es un saco de huesos, con largo cabello color oro, corriendo por un bosque hostil.

Rivka corre, tratando de alejarse del lugar lo más rápidamente posible.

Rivka no piensa. No tiene nada, tan sólo corre, corre, corre, corre, corre.

La traiciona una raíz oculta, que ella no ha visto, y cae.

Inmediatamente escucha voces. ¡Ahí están ellos! Antes de un minuto, un Waffen SS, le pega con la escopeta. Mira a sus camaradas, y comienza a reír a carcajadas.

-“¿Dónde se quedó tu colita?”- ríe el SS. Da vuelta la cabeza, y pregunta a los otros: -“¿Ven acaso la colita de esta judía? ¡Decinos donde está tu cola, judía de mierda, carajo!

-“¡La judía no tiene cola! ¡La judía no tiene cola! ¡La judía no tiene cola! “– coreaban y reían los demás.

-“¡Es lo que hay esta noche, muchachos!”- dice otro.

Entre dos, le atan las manos, y la tiran al suelo. Rivka cierra los ojos.

Uno tras otro, van dejando sus repugnantes efluvios, y hacen dos rondas cada uno.

Ya saciado el brutal instinto, parece que se disponen a retirarse.

Rivka sigue inmóvil. Está deseando que desparezcan, para levantarse y volver a correr…

III.

Pero esta noche, la suerte no está de su lado. Uno de los Waffen SS se queda plantado allí, como una estaca.

-“¿Qué creés, pérfida judía? ¿Qué te vas a ir tan campante? Arrodillate.”- dice el Waffen SS.

Rivka permanece inmóvil.

-“¡Arrodillate! ¿O se te taparon las orejas?”

Rivka, pues, se puso de rodillas. Aterida, temblorosa, sangrando por la vejación de los otros, con restos de semen de gordos, de semen de cerdos, de semen de monstruos.

-“No estás mal. Hoy no te voy a matar. ¿Viste? Ustedes que dicen que somos monstruos. Hoy, te salvás, judía. Te quiero dar más, estás buena”.

El Waffen SS la arrastra de los pelos unos dos km. Hasta llegar a una cabaña, como la de Hansel y Gretel. Abre la puerta, y la tira en un catre.

Rivka lo observa. Es el típico ejemplar de la raza aria, alto, cabello rubio cortado al ras, y unos ojos celestes que la miran con odio.

Rivka sigue tirada en el catre. El alemán, se da el lujo de desvestirse parsimoniosamente. Se sienta en una silla, se quita las negras botas que brillan.

Finalmente, queda desnudo.

Rivka espera aterrada. La Bestia se tira brutalmente sobre ella, la veja, le destroza la piel, la sacude del pelo, eyacula varias veces, hasta que queda ahí, exhausto.

La Bestia se levanta. Rivka aguarda. Ya nada peor puede sucederle, no teme, Joshua murió, así como el resto de su familia, no le queda nada.

Pasan una media hora, y La Bestia, aparece con una manta. Rivka está desconcertada.

La Bestia, la deposita hasta con cierta ternura, en el catre, y la tapa con la manta.

Rivka pierde el conocimiento.


IV.

Rivka abre los ojos. Nota que su cuerpo ya no está helado, alguien le ha puesto una especie de blusa. También le han lavado el rostro, y el cuerpo.

La Bestia, está sentada a su lado.

Rivka permanece desconcertada. La Bestia le pregunta cómo está. Ella le dice que mejor.

Rivka le preguntaría que lo hizo cambiar de idea, pero sabe que cualquier cosa que diga, será tomada en su contra.

Rivka tiene el cabello rubio, largo, y ojos verdes. Parece que a La Bestia le gustó.

-“Es una pena que seas una judía”- dice él.
Rivka permanece en silencio. Tiembla.

-“No tengas miedo, no te voy a hacer más nada”.

Rivka cada vez entiende menos. El Demonio devenido en Angel, la mira con ternura. Le acaricia el rostro, el cabello, y sus expresiones se van suavizando.

-“Sos muy linda”- dice La Bestia.

-“Gracias”- dice Rivka.

-“Si no fueras judía, me casaba contigo”

Rivka no dice nada.

-“Te busqué ropa”- dice él. –“No podés correr por el bosque desnuda, porque te vas a morir de frío. Tomá, vestite”.

Rivka se incorpora. Lo que queda de ella, piel y hueso.

-“No tengas miedo”- vuelve a decir él. –“Vestite tranquila”.

Rivka se pone la ropa.

-“Ahora abrigate” – dice él, y le alcanza un grueso tapado.

“-Vas a caminar unos tres kilómetros, y vas a encontrar una aldea. Ahí preguntá por Hans. Decile que yo te mando-”.

“-¿Y cómo es su nombre?”

-“Cierto. No te lo dije. August”.

-“¿Por qué me ayuda? “- pregunta Rivka.

- “Mirá, sé que vos pensás que soy un monstruo, y tenés toda la razón. Pero los monstruos también tenemos sensibilidad”.- dice August.- “Me gustaste, sos linda, y una belleza como vos, no merece morir. Capaz cuando termine la guerra te busco, me encantaste.”

-“Gracias August. Mi nombre es Rivka.”

-“Un placer haberte conocido …RIVKA”.

Anna Donner © 2010.

La cena.



- ¡Estoy cansado! – Francis llegó a casa y cerró la puerta. Su esposa Mabel le quitó el abrigo de inmediato, colgándolo en el perchero dispuesto en la sala para tales menesteres, y le alcanzó las zapatillas.

- ¿La cena? - Comenzaba a sentirse nervioso. - ¡Ignacio! ¡Silvia! ¿Por qué todavía no pusieron la mesa? - los interrogó fulminante su madre.

El jefe de la familia tomó su lugar a la cabecera, sin pronunciar palabra. Tenía el ceño fruncido, sus mejillas estaban coloradas, y los dedos golpeaban firmemente la tabla de madera, en intervalos de una corchea.

Mabel se metió para adentro de la cocina. Su marido había llegado demasiado temprano, no le había dado el tiempo de terminar el estofado, las papas aún se estaban guisando, en otra olla se rehogaban la cebolla, la carne y el tomate. Los niños fueron atrás de ella. Sin hablar, sacaron los platos del armario, los cubiertos del cajón, los vasos del escurridero, y volvieron a la sala. Silvia se disponía a colocar el mantel, pero se detuvo en seco: - ¡Está sucio! – le gritó su padre.

La niña palideció, y volvió aterrada a la cocina. - ¿Qué esperás, mocosa? – le gritó Mabel. – ¡Si no fuera por culpa de ustedes, ya estaríamos cenando!. Apagó el fuego, y coló las papas tan rápidamente, que parte del agua hirviendo cayó sobre su mano. Desesperada de dolor, la mujer se puso un trapo caliente. Con la mano que le quedaba libre intentaba organizar la comida: -¡Mija, no ve que su padre tiene hambre! ¡Haga el favor de cortar las papas! ¿Y Usted que hace ahí parado? ¡Vaya inmediatamente a hacerle compañía!.

El niño, a punto de llorar volvió al comedor, y tomo asiento al lado de su padre. -¡Mijo, déjese de mariconear! ¿Cuándo se va hacer hombre? ¡Vieja, qué pasa con la cena! Pendejos inútiles, qué la parió, uno los trae al mundo y se dan el lujo de lagrimear. Como si no hubiese suficiente por hacer, si te esforzaras no tendrías tiempo para boberías. Parece que te fueras a qubrar cualquier momento, muñequita de porcelana, ¡júa, juá! ¿Te comieron la lengua los ratones? – Francis ya iba por el segundo vaso de vino – mire que yo no muerdo.

Finalmente, Mabel trajo la enorme fuente. Silvia se sentó al lado de Ignacio, y la matrona sirvió la comida. Francis, aún malhumorado, engullía sin respirar, se le escapaban los pedazos de carne por la comisura de los labios. En menos que canta un gallo, había devorado tres generosas porciones. Cuando Mabel se levantó para retirar los platos, puso una mueca de fastidio. Sus hijos tan sólo habían ingerido unos pocos bocados, y ella iba a tener que esperar. La mano le dolía tanto, que estaba desesperada.

- ¿Vieja, qué es esa cosa que tenés colgando? – Al fin Francis había reparado. - No tiene importancia, una pavada en la cocina – Mabel sabía que no había que molestar al marido con tonteras, él no tenía tiempo para sentimentalismos baratos. Sólo le pedía la palabra para que decidiese cosas importantes, o para pedirle dinero para los gastos de la casa.

–Deje, que Nachito anda con ganas de lloriquear, mejor que levante él la mesa, lave los platos, y de un balde en el piso. Le va venir bien. ¿Por qué demorás tanto en terminar de comer?-, miró a su hija y se levantó de la mesa. Silvia estaba tan pálida, que le temblaban las manos. Su hermano no tenía un aspecto mejor, era incapaz de tragar bocado. Los niños terminaron de cenar en silencio. Ignacio hizo un barquito de papel con una servilleta. Apilaron los platos, y prepararon una porción para Gigante, el perro que dormía al fondo, sobraron muchos huesos. Silvia ayudó a Ignacio a retirar las fuentes y los cubiertos.

- Gracias – le dijo Ignacio - ¿Por qué no vas a dormir? Dejá, que yo termino.- Silvia le dio las buenas noches, y subió a su dormitorio. Se miró en el espejo, y buscó el pijama de lana, hacía mucho frío. Se metió en la cama con su muñeca de trapo, y la abrazó muy fuerte. Un ruido en la puerta y el bueno de Francis ya estaba ahí.

Anna Donner © 2007

Siete Velos


I.

“En toda la obra de esta artista, existen dos denominadores comunes: Uso y abuso del color, como sello personal, y además, todos los escenarios son construcciones en el vasto imaginario de la autora. Su estilo es un tanto naif, y sus personajes revelan la incertidumbre de un mundo que aún no comprende con firmeza.” decía un recorte de la sección cultural de algún periódico de renombre, donde además se destacaban sus datos biográficos, y una visión general acerca de su obra.

“Visión general” eran las palabras que había utilizado el cronista, pero pensándolo bien me digo que debería de haber escrito “visión particular”, puesto que esa una opinión, en todo caso sólo la suya, y su opinión no son todas las opiniones, salvo que ese cronista sea un egocéntrico y crea que todo gira en torno a su pensar y su sentir, puesto que los hay; los hay. El generalizar en todo caso, me resulta una tarea un tanto simplista, puesto que estaría reduciendo al colectivo humano, con mil y un identidades diferentes, a una masa informe en la cual nadie sobresaldría por sí mismo.

Podría darse el caso, entonces, que este cronista devenido en crítico de arte sea un egocéntrico. Aunque, no estaría mal que fuera un egocéntrico. Pero este crítico de arte parece ser, un ególatra. Es que ser egocéntrico, tan mal no está, reflexiono, al fin y al cabo yo soy el centro de MI mundo. Y así debe de ser. Pero el ególatra cree que el es el centro del mundo de Todos. Ahí incurre en un error.

II.

Lo cierto es que acá estoy yo, por entrar a la muestra de la artista en cuestión, veré su obra y decidiré si me gusta o no, la analizaré como me plazca. Y quizá coincida con el crítico de arte del periódico. Pero quizá discrepe completamente.

Comienzo mi recorrido. Tiene razón el crítico, los colores atrapan por completo, pero ¿acaso hay algo más maravilloso que cada lienzo sea un universo de colores? “Lo que pasa es que un cuadro tan colorido no vende”- reflexiono ahora, y pienso que quizá la crítica de ese señor estaría destinada a un público consumista. Cierra bastante, esto último – me digo. – Pero el arte no se consume, se siente – este es el error en el que incurren aquellos que caen en el rigor de pintar lo que la gente quiera ver, escribir la novela que a la gente le va a encantar. Eso es un esfuerzo, el artista debe hacer lo que siente. Ese es el verdadero arte. El otro es un (no sé pero no es arte en sí mismo).

Lo cierto es que esta pintura utiliza el color como recurso, y son combinaciones que aunque estridentes, se equilibran, opuestos con complementarios. También es una característica de estas obras la ausencia de la perspectiva perfecta, ella usa la perspectiva como un collage de planos y dimensiones.

III

“Siete Velos: Amira, Raquel, Leah, Simona, Celeste, Wash, Ana.”

Siete Velos. Es la última obra del recorrido. Debo alejarme a una distancia prudencial, porque las dimensiones de la obra son muy grandes, para poder apreciar la composición en su conjunto.

Siete velos, siete mujeres veladas, algunas simbólicamente y otras literalmente. Como Amira, que está representada por un velo verde, y bajo el mismo se asoman unos rizos. Hay una fogata, pero no me doy cuenta en donde está situada. Porque aparece otra mujer, atada a un poste, con un sambenito amarillo, propio de las condenadas a la hoguera. Sobre ella, hay distintos símbolos: Una Menorah, un Sion, una cruz y una svástica. Sobre la cruz un montón de ángeles señalando a esas mujeres, como apiadándose de lo que quizá estaría por ocurrirles. Luego, la figura de inconfundible del hombre morocho de bigotito negro, y unas letras dispersas que formaban las palabras “Mi lucha”. Luego, el símbolo del feminismo, con una tachadura en pinceladas de sangre, órganos sexuales masculinos y femeninos también destinados a esa gran hoguera.

Me quedé absorta mirando las escenas, y los objetos, y una palabra me resonaba: “Represión”. Sin duda, ese lienzo era la represión en su forma más demoníaca. Siete mujeres reprimidas, por distintas causas, en diversas eras históricas.

Indudablemente para mí, esta es una obra que Denuncia. Quizá ese fue el sentido que la pintora quiso dar a Siete Velos.

Los efectos estaban muy bien logrados, eran las mujeres, en medio de sus represores, en este caso representados por el fuego, la censura, el ser más monstruoso de todos los tiempos, y ellas como desvelándose en ese entorno, tratando de quedar en primer plano, y los represores, cada vez más borroneados y difusos.

Anna Donner © 2009
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