
Sombras, tan solo sombras. Pidiendo permiso para ser, a su imagen y semejanza. Nacidas para vivir a través de un dueño que mide su respiración. Vientres dispuestos, para la trascendencia de la especie. Diosas, Hembras, Madres.
Chica Bien.

SIMONE II

SIMONE

Primer Acto.
MUJER – HOMENAJE
8 de marzo Día internacional de la Mujer
Biología sin destino; la mujer no nace, sino que se hace.
Mientras miro atrás y veo a esa criatura adolescente, me asombra ver como fui estafada. A la larga, todo cuanto uno creyó ser, en verdad fue un mero existir. El interlocutor de los intelectuales son las masas, y no el entablishment.
Sufrir las contradicciones del mundo no sirve de nada, pero olvidarlas es mentirse. Las palabras, universales, eternas, presencia de todos en cada uno son lo único trascendente que reconozco y me emociona; vibran en mi boca y mediante ellas comulgo con la humanidad.
Un día me dije:"Tengo cuarenta años". Cuando desperté de esa perplejidad, tenía cincuenta. El estupor que entonces se adueñó de mi todavía no se ha disipado.
…
La entrada de la casa de mi niñez estaba ubicada entre los cafés "La Rotonde" y "Parnasse". “La Rotonde” se llenaba desde las diez de la mañana con gente que tomaba parada o sentada. Escuchaban jazz, la "música negra" tocada al piano. Ahí se emborrachaba Modigliani, que vendía sus cuadros por monedas.
Mis padres formaban una curiosa pareja.
Papá, un parisino cosmopolita, estaba tan convencido de su superioridad con respecto al mundo, de su refinamiento y de sus dotes espirituales que no emprendió ninguna tarea que le haya dado dinero. -La nobleza es un rasgo espiritual. Una mujer es lo que su marido hace de ella- decía.
Mamá, una católica devota, de provincia, se casó con mi encantador padre, siendo una bella heredera, pero sus padres (mis abuelos) no recibieron la dote prometida. Mi abuelo se fue a la quiebra y a la cárcel tiempo después de su casamiento. Entonces los sueños de papá se hicieron humo porque se había casado con mamá para darse la gran vida. Mamá siempre se sintió culpable: "El no ha nacido para tareas menores".
A papá no le gustaba la profesión de abogado pero el teatro fue su verdadera pasión. Crecí viendo a mis padres representando funciones a beneficio y en salones privados.
De muy chica sorprendí a todos con mi precocidad, a los tres años yo leía y recitaba fábulas y largos poemas que papá me enseñaba.
Aprendí de mamá a controlar mi lenguaje, a censurar mis deseos, a decir y a hacer lo que exactamente se debía decir y hacer. - De nuestra obediencia y de nuestra piedad depende que Dios salve a Francia.
A los siete años fui una niña modelo. Me había influenciado mi confesor, el Padre Martín. Me gustaba oír en la mañana gris el ruido de nuestros pasos sobre las losas, sentir el olor del incienso y el vaho de las velas. Me arrodillaba a los pies de la Cruz soñando con la taza de chocolate que me esperaba en mi casa.
Yo era tan piadosa como mi madre; para mi no había diferencia entre su mirada y la de Dios.
A los trece años, me flagelaba en secreto, esperando que se abrieran para mi los misterios de la Santidad.
A medida que yo iba entrando en la adolescencia, mis firmes creencias de la infancia se iban agrietando cada vez más.
Un verano, mi madre dejó pasar un libro sin censura. Vi escenas de amor ardiente y desde entonces me entregué a mis fantasías eróticas antes del sueño.
A los quince años era presa de un arrebato sexual muy violento, sin tener la menor idea de qué se trataba. Sentía muy vagamente que me faltaba otro cuerpo. Cuando fui a confesarme con el padre Martín me decepcioné gravemente. Mientras mi confesor me hablaba, una mano imbécil se había abatido sobre mi nuca, doblaba mi cabeza, pegaba mi cara contra el suelo. A partir de entonces nada se interpuso en mi camino hacia el escepticismo. Nada me haría renunciar a las alegrías terrenales. Me resultaba más fácil pensar en un mundo sin creador que en un creador que sufriera todas las contradicciones del mundo. Por vez primera me enfrenté con el miedo a la muerte.
Mi madre tenía autoridad sobre mí. Yo la respetaba. Había adquirido sus mismos valores, el deber, el mérito. Y los tabúes sexuales siguieron siendo centrales en mi vida. No le conté a nadie mi crisis espiritual y seguí comulgando. Sufría por sentirme marcada, vacía, separada.
A partir de entonces elegí mis propios libros y algunas lecturas me hicieron cambiar la opinión que tenía de mi misma. "Soy valiosa. Me atrevo a ser yo misma".
Una tarde, a los catorce años, estaba ayudando a mi madre a lavar los platos. Por la ventana vi otras cocinas donde otras mujeres frotaban cacerolas o pelaban verduras. Me pregunté: "Estas horas infinitamente repetidas y que no llevan a ninguna parte: ¿Viviré yo así? Si no hay ninguna meta ¿para qué caminar? NO, NO ME CASARÉ NI SERÉ AMA DE CASA, MI VIDA CONDUCIRÁ A ALGUNA PARTE."
Comencé a imaginar un amor en el cual el intercambio intelectual fuera intenso.
Mi hermana ya no me idolatraba, mi padre me hallaba fea, mi madre desconfiaba del oscuro cambio que adivinaba en mi.
“Zazá era mi mejor amiga desde los diez años. Compartíamos el mismo banco de la escuela. Era morena, desenvuelta, descreída. Zazá marcó mi juventud. Nos llamaban "Las Inseparables". Sus padres me toleraban las conductas que los míos me prohibían. Conversábamos de nuestros estudios, nuestras lecturas, de lo que conocíamos del mundo, no de nosotras mismas. Yo no pretendía que Zazá sintiera por mí algo tan definitivo como yo por ella: me bastaba ser su compañera preferida. La admiración que sentía por ella no me disminuía a mis propios ojos.” (Memorias de una joven formal)
Zazá descubrió antes que yo que estábamos rodeadas cristiana falsa. Queríamos salir del mundo en que vivíamos, al que sentíamos hipócrita.
Cuando abandoné la fe y la obediencia Zazá fue mi sostén. Compartíamos un gran deseo de felicidad. Hablábamos de lo que quería cada una para el futuro.
Yo quería trabajar, ser independiente, y concebía el amor como una relación entre dos compañeros, y él debía ser culto, superior. A Zazá solo le importaba la sensibilidad, el entendimiento. “El podría ser un obrero”, me decía. Juntas nos enfrentábamos a la mediocridad del Colegio. Discutíamos con ardor cada concepto y chocábamos con las limitaciones y pacaterías del ámbito escolar.
…
Decidí dedicarme a la vida intelectual, ser profesora y escribir. Pasé brillantemente mis exámenes, terminé el colegio y elegí mi carrera. Quise doctorarme en filosofía en La Sorbona, y las profesoras del Colegio pusieron el grito en el cielo para inquietar a mi madre. Le decían que la filosofía corroía mortalmente muchas almas y que en un año en La Sorbona yo perdería la fe y las buenas costumbres. Mas mi padre, aprobó mi proyecto, y me dijo que sería profesora de liceo. Entonces acepté estudiar letras y no filosofía. Mi madre pensaba que la literatura era menos sacrílega.
…
Al mismo tiempo me enfrenté con varias versiones de la moral sexual. Me molestaba que se impulsara a los muchachos a iniciarse sexualmente con chicas de clase inferior y que a las mujeres se les exigiera pureza. Yo era demócrata y romántica. Quería que la pureza fuera un deber para todos. Pensaba que cuando encontrara al verdadero amor me entregaría en cuerpo y alma. No me gustaba el sentido práctico de mis primas, que se permitían licencias con sus amigos, pero cuidándose de permanecer vírgenes.
…
Ya era grande. Mi primer viaje sola. Estaba actuando bastante bien. Pero todos esos hombres que me miraban me ponían nerviosa.
Yo era una estudiante entusiasta y rigurosa. Haría la licenciatura en letras con Zazá en la Escuela Normal de Neuilly. Estudiaría matemática general en el Instituto Católico y cursaría filosofía en La Sorbona. ¡Había logrado ser una estudiante!
…
Un día mi madre consideró que había llegado el momento de hablar de sexo conmigo. Yo temía a ese momento. Me dijo que había “ciertas cosas” que “tenía” que “saber”. Entonces le respondí: “Ya las sé”. Ella, piadosa me contestó: “Dios va guiar tus pasos” . Entonces tomé coraje y le dije “ya no creo más”. Ella me respondió: “¡Pobrecita! Si no crees en Dios no podrás ser feliz”. Me sentí muy aliviada. Por fin me había sacado la máscara.
Ya no me encontraba a gusto en casa. Desde mi confesión de la crisis religiosa, mi madre había dejado de hablarme. Entonces esperé complicidad por parte de mi padre, pero él también me rechazó. Me dijo que me pasaba todo el día metida en libros. “Tu prima es graciosa y conversadora. Tú nunca hablas cuando ella viene a tomar el té”. ¿Qué demonios quería? El mismo había elegido para mí tres carreras difíciles. No podía esperar eso de mí, estudiaba todo el día y no podía dedicarme a frivolidades.
Mi padre comenzó a sentir resentimiento cuando me vio estudiar. El hubiera preferido casarme con un hombre distinguido y volver así a un círculo social superior. Mis profesores le parecían unos pedantes que tenían ideas distintas a las suyas. Mi padre creía en la nación, en la raza, en la casta, en la familia, en la patria. Yo, creía en los derechos del hombre, el pacifismo, el internacionalismo y el socialismo.
…
La literatura tomó el lugar que había ocupado la religión en mi vida. Antes había leído solamente a los autores clásicos, que eran como monumentos: grandiosos pero ajenos. Los libros de escritores contemporáneos que ahora leía eran de hombres de carne y hueso, y hablaban de la vida actual.
El conflicto estalló. Mi padre sostenía que la literatura contemporánea era decadente e inmoral. Comenzamos las discusiones por aquellos autores, y las continuamos con los valores de la vida.
“En cuanto abría la boca, les daba de dónde agarrarse, y me encerraban de nuevo en ese mundo del que había tardado tantos años en evadirme, donde cada cosa tiene su nombre, su lugar y su función. Donde el odio y el amor, el mal y el bien son como el negro y el blanco. Ese mundo bañado de una implacable luz, que la sombra de una duda no roza jamás. Prefería guardar silencio” (Memorias de una joven formal)
Los escritores de la nueva generación también se habían rebelado contra los padres, la familia, la tradición. Se proponían ser auténticos y entendían la sinceridad con uno mismo. Para lograrla, se detenían en el análisis detallado de cada estado de ánimo. Estaba bien visto mostrarse inquieto, insatisfecho. Y yo me entregué a la inquietud.
Ya nadie creía que debía importar el bien y el mal, sino en que el hombre debería realizar su destino por el camino del bien o por el del mal, sin importar moral alguna. Admitían los actos inmorales siempre que fueran gratuitos, desesperados y rebeldes.
Comencé a flirtear con mi primo Jacques, un joven inquieto. Hablábamos durante horas del arte moderno y de sus proyectos literarios. Me prestó más libros. Así como él, me introduje en el arte moderno, las obras de Picasso, Braque o Matisse.
Me enamoré de Jacques en silencio. Pero él tenía una vida de la que yo no participaba. Frecuentaba los bares de Montparnasse, por donde habían pasado Trotski, Lenin, los cubistas, los surrealistas; era el comienzo de la contracultura, las drogas y el amor libre.
Mi amor por Jacques me atormentaba. El tenía un ánimo cambiante que me hacía dudar de sus sentimientos. Pero cuando él pareció definirse, yo comencé a dudar de mi propia aceptación. Me parecía que Jacques era poco serio y sospechaba que su rebelión contra la familia terminaría cuando se casara.
Jacques me había desilusionado. Nada me interesaba. Nunca sería feliz, nunca encontraría a alguien como yo.
Fuente: Simone de Beauvoir para principiantes (Analía Efrón, Luis Roca).
Anna Donner Rybak © 2011
Tranvía ACDC.

Anna Donner Rybak © 2011
La Mujer vestida de Negro.

-No sé.
-¡No habla con nadie! Es antipática. Se cree que sabe todo.¡Y los demás no sabemos nada!
-Quizá no sea antipática sino tímida…
-¡Habla mucho!
-¿Habla mucho o no habla con nadie?
-¡Es una perseguida! ¡Cree que todos están contra ella! ¡No es igual a los otros, no es normal!
-¿Cómo es “ser normal”?
-¡Normal! ¡Como son todos!
-¿Cómo son todos?
-¡Normales!
-No te entiendo.
-¡No hace lo que hacen todos!.
-¿Y qué hacen todos?
-¡Lo normal!
-¿Cómo qué? ¿No es normal porque “habla poco”?
-¡Y sí!
-¿Y no será que prefiere callar porque no tiene nada que decir?
-¡Siempre hay algo para decir!
-¿Siempre?
-El día, el cielo, la moda, ¡miles de cosas!
-¿Y si a ella no le interesan esas cosas?
-¡No existe alguien a quien no le interesen esas cosas! Bueno, si existe alguien así no es normal.
-¿No dijiste que ella habla mucho?
-¡Claro!
-¿Y cuál es el límite?
-No te entiendo.
-Me refiero, a cuánto y de qué hay que hablar para no ser “loco”, o como vos decís, para ser normal.
-¡Y lo normal! Aparte ¿viste lo que dicen todos?
-No…
-Ella no hace las cosas que se hacen…
-¿Qué cosas son las que “se hacen”?
-¡Las cosas!, los mandados, la comida, yo siempre estoy a mil, ¡no doy abasto!, llevo a Bebe al futbol, a Loli a hockey, y mientras tanto voy; estaciono en doble fila, y compro lo que haga falta. Hoy voy a hacer tarta de alcaparras, porque al Gordo le encanta, y las alcaparras me salen más baratas en la calle Arenal Grande, así que, en diez minutos hago la compra.
-¿Dijiste que estacionás en doble fila?
-¡Son diez minutos!
-¡Pero se arma un lío bárbaro con los bondi que pasan por ahí!
-¡No se van a morir!
-¿Y vos?
-¿Yo qué?
-¿Te vas a morir si estacionás a la vuelta y caminás unos pasos? Después te pesás cuatro veces por día…
-¡Qué tiene que ver!
-No sé…
-Mirá, ¡yo estoy a mil!, mientras espero la hora de salida de Bebe y Loli hago los mandados, y después en el anca de un piojo, los voy a buscar, ¡y los llevo al inglés!
-¿Y?
-Y bueno, mientras están en el inglés, voy un momentito a casa y saco las alcaparras, porque dicen que si las dejás 14 minutos y 20 segundos al aire fresco y luego 3 minutos con un poquitito de nuez moscada, quedan bárbaras, y las probé y al Gordo le encantan. Mirá si ella le va hacer alcaparras a él, que trabaja todo el día, y viene cansado, ¡ella no hace Nada!
-¿En esa casa no comen?
-Comen todos los días lo mismo.
-Pero comen.
-Pero todos los días o pasta, o milanesas con tomate, o panchos con ensalada rusa, omelette de queso.
-¿Y eso no es comida?
-¡Ah! ¡No vas a comparar “eso” con las alcaparras que le hago al Gordo!
-¿Por qué?
-¡Dejá! Yo al Gordo le hago la comida fresca y cada día, ¡no vas a comparar lo que lleva hacer la comida fresca con comprar todo en el súper!
-Mientras en su casa haya algo para comer, no veo la diferencia.
-¡Cómo que no ves la diferencia! ¡Así que viva! ¡Es una papa!
-¿Y qué tiene de malo que sea “una papa”?
-¡Que le importa un rábano el marido, los hijos! ¡Sólo le importa ella! Todo el día con esa tontería de ser escritora…
-¿Tontería?
-¡No vas a comparar estar todo el día escribiendo con estar a mil como estoy yo!
-Pero ella escribe cosas interesantes.
-Mirá, serían cosas interesantes si eso le hiciera ganar algún manguito, pero así no.
-¡Ella trabaja también!
-¡Qué viva! Un trabajo donde está muy cómoda.
-¿Lleva o no lleva divisas a su casa?
-¡Lleva porque todos los funcionarios públicos son flor de vivos, no hacen nada y tienen siempre un sueldón seguro.
-¡No todos son iguales!
-Y todavía después de estar cómodamente “trabajando”, escribe pavadas.
-¿Por qué pavadas?
-¡Ya te dije! ¡Porque no gana un puto peso con eso! Si me dijeras John Gray… bueno, eso es otra cosa.
-¿John Gray no escribe pavadas?
-¡Obvio que no! Se hizo millonario con “Las Mujeres son de Marte y los Hombres son de Venus”. Pero a ella, ¡la mitad de los cuentos son unos divagues, no entiendo nada! Y sino, pierde el tiempo discutiendo y publicando columnas políticas, y después se engancha con eso y ¡claro! Se compenetra tanto que se va volver loca, si ya no lo está.
-Pará. ¿Y vos?
-¿Yo qué?
-Vos tenés una buena vida.
-Sí, bueno, ¡estoy a mil todo el día!
-No me refiero a si estás a mil, me refiero a que acá estás tranquila.
-No entiendo.
-¿No se te da por pensar que un día puede estallar la tercera guerra mundial?
-¡Dejate de estupideces! ¡Si todos nos fuéramos a preocupar por el mundo, nos terminamos suicidando!
-¿Te olvidás de cómo llegaron tus abuelos a este país?
-Sí, llegaron y se pusieron a trabajar, y yo hoy bueno, no trabajo pero cuido a mis hijos,¡estoy todo el día a mil!
-¿Y qué pasó con tus tíos abuelos?
-¡Dejá! Gente que no conocí, sería un masoquismo preocuparme por unos tíos abuelos desconocidos.
-¿No te jode que los hayan matado?
-¡Y bueno, esa época fue la que les tocó vivir!
-¿Y no te importa?
-¡Eso ya pasó!
-¿Y si pasa de vuelta?
-¡Dejá el masoquismo! ¡Esas son pavadas!
-¿Te puedo hacer una pregunta?
-¡Obvio!
-¿Vos mirás el informativo?
-¡Ni loca! ¿Para deprimirme?
-¿Vos sabés que pasa en el mundo?
-¡Ufa! ¡Otra vez con lo mismo! Mirá, me importa un bledo lo que pasa en el mundo, siempre hay una “guerrita”, siempre fue así.
-¿Y no creés que vos podrías hacer algo para cambiar eso?
-¡Claro! ¡Yo voy a venir con naves voladoras, y mil marcianos y voy a conquistar el mundo! Ahora que me acuerdo, en uno de los cuentos había tipos raros que tomaban sustancias y un montón de estupideces, me parece que se olvidó que ya no está para escribir sobre las chicas superpoderosas. Pero te digo, está tan loca, que no dudo de que se cree una chica superpoderosa. Se cree una de ellas. Si se dedicara a las cosas normales, y no a las pavadas, no estaría tan loca. ¡Despertá! La tipa es un ente, ¡le importa un rábano todo! El otro día me quería morir de la vergüenza, le dijo a Sarita que todo lo que hablaba eran pavadas. Sólo una loca puede decir eso en público, tá, te acepto que lo piense, pero ¿cómo la va tratar de estúpida a Sarita? ¡Lo que pasa es que todos son estúpidos! Sólo una loca le dice a otro que es un estúpido. Una persona normal no va diciendo las bestialidades que dice esta tipa.
-Sí, tenés razón, ¡ella no es normal!
-¡Viva viva, descubriste América!
-Bueno, me voy que ya está por llegar El Gordo, y te tengo entretenida.
-¡No es nada! Mientras hablo contigo por teléfono, ya saqué el pollito del horno, puse la mesa, ahora voy en un periquete y busco a Bebe y Loli.
-Te corto, ché, estás a mil.
-Si la verdad es que estoy a mil. Si querés llamala a ella, que seguramente tiene todo el tiempo del mundo, ¡ja ja!
Anna Donner Rybak ©2011